La ciudad a 95 centímetros: repensar el espacio público desde la primera infancia

A 95 centímetros del suelo, la ciudad se vive de forma distinta: lo que para un adulto es cotidiano, para la infancia puede ser inseguro o inaccesible. Diseñar desde esta escala permite entender mejor las necesidades reales del espacio público y reconocer a niñas y niños como habitantes presentes. Desde ahí, los parques se consolidan como una infraestructura clave para construir ciudades más seguras, inclusivas y humanas.

En este blog, proponemos mirar la ciudad desde la perspectiva de las infancias para cuestionar el enfoque con el que diseñamos calles, parques y barrios; abrir la conversación sobre cómo construir entornos más inclusivos, seguros y estimulantes desde quienes menos han sido considerados, pero más lo necesitan.

Mirar la ciudad desde otra altura. 

¿Recuerdas cuando jugabas en la calle o el parque? 

Correr detrás de un balón, explorar banquetas, subirte a una banca o simplemente observar el mundo con curiosidad.  Para muchos, esos primeros acercamientos al espacio público fueron determinantes para hacernos la idea en la que hoy entendemos la ciudad. Sin embargo, vale la pena preguntarnos: ¿cómo experimenta la ciudad un niño o una niña pequeña en la actualidad? 

A 95 centímetros del suelo -altura promedio de un niño o niña de primera infancia- la ciudad se percibe de manera distinta. Los estímulos cambian, los riesgos se amplifican y las oportunidades de exploración se reducen. Lo que para un adulto pasa desapercibido para la infancia puede representar una barrera, un peligro o, en el mejor de los casos, un espacio poco estimulante o aburrido. 

Esta diferencia de perspectiva revela una problemática estructural: nuestras ciudades han sido diseñadas desde una visión adulto-centrista, bajo la lógica de un usuario estándar, lo que simplifica la complejidad urbana y excluye a sectores clave de la población, como las infancias.

La infancia: habitantes presentes, no futuros. 

En el discurso público es común afirmar que “los niños son el futuro”. Sin embargo, esta idea suele invisibilizar una realidad fundamental: hoy son habitantes activos de la ciudad, con necesidades, derechos y formas particulares de habitar el espacio. 

La primera infancia -etapa que comprende de los 0 a 5 años- es un periodo crítico en el desarrollo humano. Existe amplia evidencia que demuestra que las inversiones en esta etapa tienen impactos significativos en la salud, el aprendizaje, la productividad y la cohesión social a lo largo de la vida. Más aún, se considera una de las estrategias con mejor costo-beneficio para reducir desigualdades y romper ciclos intergeneracionales de pobreza. 

En ese sentido, diseñar ciudades que respondan a las necesidades de la primera infancia no es solo un acto de inclusión, es una decisión estratégica de política pública.

Diseñar desde la escala de la infancia. 

Analizar la ciudad desde la escala corporal y perceptiva de la infancia implica reconocer condiciones específicas que suelen ignorase: 

  • Mayor exposición ambiental: Debido a su cercanía con el suelo, los niños están más expuestos al calor del asfalto y a contaminantes provenientes del tráfico vehicular y el ambiente. 
  • Movilidad diferenciada: Caminan más despacio, se cansan con mayor facilidad y dependen de trayectos accesibles, continuos y seguros. 
  • Exploración sensorial: Interactúan constantemente con su entorno a través del tacto, lo que exige materiales y superficies seguras. 
  • Campo visual limitado: Elementos como vegetación mal ubicada o mobiliario urbano pueden obstaculizar su visibilidad, así como la de cuidadores y otros usuarios del espacio público, y aumentar riesgos. 
  • Necesidad de acompañamiento: La primera infancia depende en gran medida de personas cuidadoras, por lo que el diseño debe considerar espacios cómodos, seguros y funcionales para su permanencia. 
  • Proximidad y triangulación de actividades: Los niños requieren acceso inmediato a servicios básicos como baños, agua potable y espacios de descanso. La ubicación estratégica y cercana de estos elementos respecto a las áreas de juego es clave. 

 

Estas condiciones obligan a replantear el diseño urbano desde criterios más humanos, donde la seguridad, la accesibilidad y la experiencia sensorial no sean elementos secundarios, sino estructurales. 

El parque como infraestructura social clave. 

Junto con la casa y la escuela, el parque constituye uno de los principales espacios de desarrollo en la infancia. No es solo un lugar de recreación, sino un entorno formativo donde se construyen habilidades físicas, sociales y cognitivas. Sin embargo, contar con áreas infantiles no es suficiente.  Un parque verdaderamente orientado a la infancia debe: 

  • Garantizar condiciones de seguridad y protección. 
  • Promover el juego libre y el desarrollo integral. 
  • Ser accesible y cercano, especialmente en zonas con mayor rezago. 
  • Contribuir a la salud física y mental mediante el contacto con la naturaleza. 
  • Ser inclusivo y equitativo. 
  • Integrar criterios de sostenibilidad y resiliencia. 

 

Estos principios han sido ampliamente promovidos por organismos internacionales como UNICEF, a través de Iniciativas como Ciudades Amigables de la Infancia; Fundación Bernard Van Leer, con Urban 95; Coorporación ciudades; y Fundación FEMSA en LATAM, con su programa LAPIS. 

Incluir sin excluir: no es lo mismo diseñar espacios para edades específicas debido a necesidades de juego diferenciadas que segmentar a un sector poblacional. 

Democratizar la ciudad desde la infancia. 

Repensar el espacio público desde la infancia no es un ejercicio sectorial, es una estrategia de democratización urbana. La premisa es clara: si un espacio funciona para un niño, funciona para todas las personas. 

Diseñar para la infancia implica crear ciudades más seguras, accesibles, saludables e inclusivas. Pero también implica recuperar algo que los adultos hemos aprendido a ignorar: la capacidad de asombro, curiosidad y el deseo de explorar. 

Olvidamos cómo es habitar la ciudad con esa inocencia: con la curiosidad despierta, el impulso de explorar y el deseo genuino de disfrutarla y hacerla propia. Y, sin embargo, basta encontrarse con un columpio vacío en un parque para evidenciarlo: más de uno ha sentido -y en ocasiones atendido- ese impulso casi automático de subirse, aunque sea por un momento, para reconectar con la experiencia de ser niño. 

Responsabilidad compartida. 

Como diseñadores, gestores de parques, tomadores de decisiones y ciudadanía, tenemos la responsabilidad de cuestionar el paradigma actual y transformar la forma en que concebimos nuestros espacios. 

No basta con reconocer la importancia de la infancia en el discurso. Es necesario incorporarla de manera efectiva en los procesos de planeación, diseño y gestión del espacio público. Los niños y niñas no necesitan que los adultos hablen por ellos. Necesitan que creemos las condiciones para que su voz sea escuchada, registrada y tomada en serio. 

No se trata de simular su participación sino de encontrar la forma en la que su deseos, aspiraciones, percepciones y necesidades se materialicen en el espacio urbano. A lo largo de nuestra experiencia hemos comprobado que sí es posible; sin embargo, el reto radica en adaptar las herramientas y metodologías a los contextos específicos de intervención, traducir sus formas de expresión en insumos útiles para la toma de decisiones en el diseño, y sobre todo, institucionalizar estas prácticas para que dejen de ser ejercicios aislados que dependan de la buena voluntad y se conviertan en parte estructural de los procesos de planeación. 

Porque no se trata del futuro, se trata del presente. Se trata de reconocer a las infancias como habitantes legítimos de la ciudad hoy, con derecho a incidir en ella. Y, en ese reconocimiento, de abrir la posibilidad de construir ciudades más justas, más humanas y verdaderamente habitables para todas las personas, empezando desde los 95 centímetros. 

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