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Parques activos, años de bienestar

Los parques activos, con programación pensada con las personas mayores y no solo para ellas, son una de las herramientas más efectivas para sumar bienestar en la vejez.

Por Parques de México
Parques activos, años de bienestar

En casi cualquier parque de México podemos identificar a una o más personas mayores haciendo uso del espacio pero sin involucrarse del todo con él. La cotidianidad de esta escena es una de las señales más claras de un desafío que apenas comienza a hacerse visible: la necesidad de espacios activos y amigables con el adulto mayor. Para 2030 México tendrá más de 20 millones de personas mayores de 60 años, y hacia 2050 una de cada cuatro personas en el país habrá superado esa edad. Vamos a vivir más años, y la pregunta que importa no es cuántos, sino en qué condiciones: con actividad y vínculos, o con inactividad y aislamiento. Buena parte de esa respuesta se decide en el espacio público, donde transcurre la vida diaria del barrio.

Históricamente se ha pensado en la persona mayor como alguien a quien cuidar y vigilar, un receptor de servicios. La gerontología actual sostiene lo contrario: el adulto mayor es un agente capaz de moverse, aprender, enseñar y transformar su entorno. El modelo ecológico del envejecimiento de Lawton y Nahemow (1973) lo explica con claridad: el bienestar en la vejez depende del ajuste entre las capacidades de la persona y las exigencias de su entorno. Cuando ese entorno acompaña con lugares accesibles y actividades al alcance, la persona conserva su autonomía. Cuando no, incluso los obstáculos menores terminan por apartarla. En ese sentido, el espacio público es una condición para envejecer bien.

Los problemas que enfrenta este grupo son varios y casi siempre aparecen juntos. El sedentarismo es uno de los más comunes, agravando la diabetes, la hipertensión y las enfermedades del corazón, que encabezan las causas de muerte en la vejez en México; la pérdida de vida social cuando se retiran del trabajo y sus rutinas y contactos se reducen, sobre lo cual la OMS advirtió en 2025 que hasta una de cada tres personas mayores vive en aislamiento social, un factor asociado con mayor riesgo de deterioro cognitivo, depresión y enfermedad cardiovascular. A esto se suma la exclusión física que genera un entorno descuidado: banquetas en mal estado, ausencia de sombra y de bancas, distancias de traslado largas; así como la percepción de inseguridad que llevan a muchas personas a dejar de salir. Ninguno de estos problemas se resuelve por separado, y ahí está la ventaja de intervenir sobre el espacio público, porque una sola acción incide en todos a la vez.

La OMS reúne estas preocupaciones en su Guía de Ciudades Amigables con las Personas Mayores, que propone pensar el entorno urbano desde sus necesidades reales: descanso, accesibilidad, seguridad y participación. Frente a este panorama, el parque representa una ventaja enorme: es gratuito, es cercano y es de todos, se convierte en el espacio público por excelencia. El aporte real, sin embargo, no está en tener parques, sino en activarlos. Además de ser accesible y tener las condiciones físicas necesarias para que se desarrolle el intercambio social, el verdadero paso que fomenta la vida social es una programación activa que atraiga a las personas de manera regular. Un parque sin actividades es un espacio de paso; un parque con actividades es un punto de encuentro con vida propia. Y, para el adulto mayor, esa activación funciona mejor cuando no lo trata como espectador, sino como participante que decide, propone y conduce. Vale la pena detenerse en qué se puede hacer, porque es la parte que suele quedar en buenas intenciones.

Las clases de yoga, tai chi o estiramiento al aire libre convocan a personas mayores por la mañana y les dan una cita fija en la semana, que es justo lo que rompe la inercia del encierro. A esto se suman los grupos de caminata o senderismo urbano, que convierten el simple hecho de moverse en una actividad con compañía, una meta compartida y rutas pensadas con puntos de descanso; y los talleres, bailes, clubes de lectura o actividades intergeneracionales, en las que abuelos y nietos comparten el mismo espacio. Los gimnasios al aire libre, o parques biosaludables, son otro recurso valioso, siempre que se instalen bien. Un circuito de aparatos abandonado a su suerte se subutiliza o provoca lesiones; el mismo circuito con señalización clara, sombra, mantenimiento y un promotor que enseñe a usarlo se vuelve un espacio de salud cotidiano. En México, el danzón y el baile de salón tienen un arraigo que conviene aprovechar: convocan, ejercitan y crean comunidad sin necesidad de convencer a nadie de que "haga ejercicio", siendo actividades que atraen por el significado cultural en la localidad. Lo valioso de estas actividades es que atacan varios problemas a la vez, una clase de baile en el parque es ejercicio contra el sedentarismo, es vida social contra el aislamiento y es un motivo para pertenecer contra la exclusión.

Más allá del ejercicio, el espacio público admite programación que trabaja la mente y el vínculo social al mismo tiempo. Los huertos comunitarios y la jardinería dan un propósito, una tarea que exige volver y un producto que se comparte. Los talleres de memoria, de manualidades o de oficios permiten que quien sabe hacer algo lo transmita. Y la alfabetización digital atiende una necesidad concreta, como resolver un trámite en línea. A ello se añaden los clubes y las actividades culturales, como lectura, juegos de mesa, coros, cine al aire libre, etcétera, que sostienen el hábito de reunirse.

Un criterio ordena todas estas ideas: siempre que sea posible, conviene diseñar actividades intergeneracionales en lugar de apartar a los mayores en una "zona propia”. Un espacio donde los abuelos leen a los niños o donde los jóvenes enseñan a manejar una aplicación, y donde a la vez los mayores comparten un oficio o una historia, combate el aislamiento y teje la comunidad mucho mejor que cualquier área segregada.

El paso que marca la diferencia entre atender al adulto mayor y reconocerlo como agente activo, es involucrarlo en las decisiones. Consultarle qué actividades quiere y en qué horarios, a través de comités de usuarios o de encuestas sencillas; invitarlo a dirigir: que coordine el grupo de caminata, imparta el taller de tejido o carpintería, lleve el huerto o dirija el coro. Muchas personas mayores tienen oficios, conocimientos y tiempo, y encontrar un rol que aportar es en sí mismo una forma de bienestar. Cuando esto ocurre, el parque deja de ser un servicio que se recibe y se convierte en un proyecto que se gestiona en comunidad.

El efecto de todo esto es acumulativo: el movimiento contrarresta el sedentarismo y sus enfermedades asociadas, el encuentro periódico disminuye el aislamiento, y tener un papel que cumplir combate la exclusión. Una programación constante que involucra al usuario en su planeación, impacta positivamente no solo en los problemas que mencionamos sino en la vida social de todo el barrio, disminuye la percepción de inseguridad, aumenta el sentimiento de apropiación y fortalece el sentido de pertenencia.

En Parques de México creemos que la inclusión es un elemento clave en el diseño de los parques y espacios públicos, siendo estos espacios de encuentro y participación comunitaria. México se enfrenta a un aumento exponencial de las personas mayores de 60 años, por lo que se debe planear en consecuencia, y priorizar espacios que sean plataformas de actividad, que inviten a moverse y a vivir en comunidad. Diseñar y activar el espacio público pensando en las personas mayores, y hacerlo con ellas y no solo para ellas, es una de las decisiones más rentables que puede tomar una comunidad y que beneficia a todos, porque un parque que funciona para quien más lo necesita funciona mejor para cualquiera. Cuidar el espacio público para nuestros adultos mayores es dignificarlos, reconocerlos y celebrarlos.


Fuentes consultadas:

Organización Mundial de la Salud (Comisión sobre Conexión Social, 2025; Guía de Ciudades Amigables con las Personas Mayores); Consejo Nacional de Población (CONAPO) e INEGI (proyecciones demográficas de México); literatura de gerontología ambiental; Asociación Nacional de Parques y Recreación de México (ANPR).

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