Parques de México

La ciudad comienza en la puerta de la casa

La experiencia de habitar una ciudad va mucho más allá de las cuatro paredes de una vivienda. Las banquetas, los parques y los espacios que encontramos al salir de casa también determinan nuestra calidad de vida. ¿Qué sucede cuando estos espacios no responden a las necesidades de quienes los habitan? Reflexionamos sobre la relación entre vivienda y espacio público, y por qué planear ambos de manera integral es fundamental para construir ciudades más equitativas y habitables.

Por Parques de México
La ciudad comienza en la puerta de la casa

Construir espacios para vivir mejor.

Sal de tu casa e intenta llegar al parque más cercano. ¿Cuánto caminas? ¿Qué encuentras al llegar? En muchos fraccionamientos de México, la respuesta cabe en una sola imagen: un triángulo de pasto junto a la caseta de vigilancia, un camellón con dos bancas y un juego oxidado, una franja de tierra entre la barda y la avenida. En el plano aparece como área verde, en la vida diaria, casi nadie la usa.

Solemos pensar que la vivienda termina en sus cuatro paredes, pero no es así. La experiencia de habitar continúa en la banqueta, en la calle y en el parque al que podemos llegar caminando. Y cuánto más pequeña es la vivienda, más importa lo que hay afuera. Para muchas familias que viven en unos cuantos metros cuadrados, el parque es el patio que la casa no tiene, el lugar donde juegan los niños, donde pasean a la mascota, donde se encuentran los vecinos y donde se puede respirar al aire libre.

Octubre Urbano, el mes en que se conmemoran el Día Mundial del Hábitat y el Día Mundial de las Ciudades, es una buena oportunidad para mirar con atención esos espacios que damos por hechos. Porque muchos de ellos cumplen con lo que pide la normativa (los metros están ahí, sumados en algún rincón del desarrollo) pero la pregunta es otra: ¿de qué sirve cumplir con los metros si las personas no pueden aprovecharlos?

Cuando la vivienda se planea lote por lote ¿quién planea la ciudad?

Buena parte de la vivienda que se construye en México se produce en masa o a gran escala. Para que los números funcionen, cada desarrollo busca aprovechar al máximo la superficie vendible: más lotes, más viviendas, más metros que se pueden comercializar. Es una lógica comprensible desde el negocio, pero tiene un efecto directo en el espacio que compartimos. Las áreas de donación, esos terrenos que la normativa pide reservar para parques y equipamiento, suelen ubicarse en lo que queda después de trazar calles y lotes, esquinas irregulares, franjas angostas o terrenos junto a una barda o una vialidad.

Sumados, esos fragmentos pueden cumplir con la superficie que marca la norma. El reto es que la regla mide cantidad, no calidad. No pregunta si en ese terreno cabe una cancha, si tiene sombra, si se puede llegar caminando o si invita a quedarse. El desarrollador hace lo que la regla le permite y, como propietario del suelo, tiene una influencia importante en la forma en que se construye buena parte de la ciudad.

Detrás de esto hay algo más profundo, la política de vivienda y la política urbana no siempre se articulan. La vivienda se mide en unidades construidas y en servicios dentro del lote; el entorno depende de otras instituciones, otros presupuestos y otros calendarios/agendas. Cuando cada una avanza por su lado, la casa llega primero y el parque, si llega, lo hace mucho después.

El parque como amenidad o como promesa pendiente.

Si recorremos distintos desarrollos, encontramos dos escenarios que parecen opuestos. En algunos fraccionamientos cerrados, el espacio recreativo es parte de la oferta e incluye áreas verdes, juegos, alberca e incluso un club social. Suele estar bien cuidado, pero su uso está reservado a quienes viven dentro del conjunto. En otros desarrollos abiertos, integrados a la mancha urbana, el terreno destinado al parque se deja libre y se entrega al municipio, que recibe la tierra, pero no necesariamente el presupuesto para construirlo ni para mantenerlo, de tal manera que, entre la entrega y el parque terminado pueden pasar muchos años.

En realidad, son dos caras del mismo modelo, el espacio público como un producto que se vende, porque se incluye en el costo final de la vivienda y/o se mantiene con las aportaciones de los residentes, o como un pendiente que se deja para después, en manos del gobierno.

Con el tiempo, las diferencias se vuelven evidentes. Hay quienes tienen un parque cerca y pueden decidir si lo usan, y hay quienes no tienen opción y usan lo que hay, como está, si es que hay algo. Así, el acceso a un buen espacio público termina dependiendo de dónde podemos pagar vivir.

Cuando afuera no hay nada, la vida se muda adentro.

Cuando al salir de casa no hay a dónde ir, la vida se acomoda adentro. Las plataformas de streaming se vuelven el plan del fin de semana, la comida llega a la puerta y el tiempo libre se queda entre cuatro paredes. El parque no es la única razón, la tecnología, la inseguridad, las jornadas largas y los trayectos eternos también pesan. Pero un espacio pequeño, sin sombra, sin actividades y sin nada que invite a quedarse no ofrece una alternativa, y termina reforzando ese encierro.

Lo que perdemos no es solo un rato al aire libre. Perdemos la oportunidad de cruzarnos con los vecinos, de saber quién vive en la casa de al lado y de que los niños hagan amigos en la cuadra. Poco a poco, también puede debilitarse nuestro sentido de pertenencia a una comunidad.

La necesidad de encontrarnos sigue ahí. Lo vimos durante la pandemia y después del confinamiento, cuando muchas personas salieron a buscar parques, plazas y áreas verdes en cuanto fue posible. Cuando hay un buen lugar cerca, accesible y atractivo, las personas tienen más oportunidades de incorporarlo a su vida cotidiana.

Imaginarnos mejores espacios es el primer paso para transformarlas.

Las personas nos adaptamos. Si el parque es un terreno sin árboles, aprendemos a evitarlo en determinados horarios; si la banqueta se interrumpe, caminamos por la calle. El riesgo está en normalizar estas condiciones, acostumbrarnos a la precariedad hasta dejar de pensar que las cosas pueden ser distintas, que existen mejores opciones y que merecemos disfrutarlas. Cuando eso pasa, dejamos de exigir y lo precario corre el riesgo de convertirse en la norma.

En Parques de México lo vemos de cerca en los procesos participativos. Cuando las personas se reúnen a pensar en el parque de su colonia, la conversación cambia: aparecen ideas, se recuerdan usos que se habían perdido y surgen nuevas propuestas. Imaginar juntos un mejor parque es el primer paso para reconocer lo que puede llegar a ser, pero también para exigirlo, usarlo, cuidarlo y defenderlo.

Construir parques es importante, planearlos y gestionarlos bien hace la diferencia.

Frente a este panorama, invertir en espacio público es una de las formas más directas de ampliar el acceso equitativo a los beneficios de la ciudad. Un buen parque es de las pocas cosas en la ciudad que todas las personas pueden disfrutar sin pagar por entrar. Ofrece sombra, contribuye a mejorar las condiciones ambientales y brinda lugares para jugar, hacer ejercicio y encontrarse. Democratiza beneficios ambientales y sociales que, de otra manera, podrían quedar al alcance únicamente de quienes pueden pagarlos de forma privada.

Pero no se trata solo de invertir más, sino de invertir mejor. Eso implica priorizar la calidad y la funcionalidad, más allá del cumplimiento normativo; concentrar las áreas de donación en espacios de dimensiones y características adecuadas, en lugar de repartirlas en muchos fragmentos dispersos; construir el parque al mismo tiempo que la vivienda, para que los habitantes disfruten de estos beneficios inherentes desde el principio; y asegurar presupuesto para su operación, programación de actividades y mantenimiento, no solo para inaugurarlos. Porque un parque se construye una vez, pero se gestiona todos los días.

Todos podemos participar en la transformación de nuestra realidad. Los gobiernos pueden ajustar las reglas para que no solo exijan metros cuadrados, sino también mejores condiciones de calidad, accesibilidad, y funcionalidad. Los desarrolladores pueden reconocer que un buen parque es un valor que distingue sus proyectos y mejora la experiencia de quienes los habitan. Quienes gestionan parques pueden aportar modelos de operación que los mantengan activos y sostenibles en el tiempo. Y los vecinos podemos participar, usar y cuidar los espacios que compartimos.

Una mejor ciudad comienza con lo que encontramos al salir de la casa.

Regresemos a la puerta de la casa. Imagina que al salir encuentras una banqueta continua y arbolada que te lleva a un parque con sombra, bancas, una cancha y caras conocidas. Un lugar donde encuentras actividades los fines de semana. Un espacio que alguien cuida todos los días. Esto no es un lujo, es lo que ocurre cuando el espacio público se planea, se construye y se gestiona junto con la vivienda.

Cumplir con los metros es el punto de partida, no la meta. Este Octubre Urbano vale la pena mirar con otros ojos el parque de nuestra colonia y preguntarnos en qué podría convertirse. Porque la ciudad comienza en la puerta de nuestra casa, y todas las personas merecemos que lo que encontremos al salir de ella esté a la altura de nuestras necesidades y de la vida que queremos construir en comunidad.

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  • Octubre urbano
  • vivienda
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